Dos de Punta | Aprendiendo a morir, aprendemos a vivir
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Aprendiendo a morir, aprendemos a vivir

Aprendiendo a morir, aprendemos a vivir

Este miércoles lo arrancamos con una reflexión sobre la problemática que estamos viviendo bien de cerca. A este partido lo ganamos entre todos.

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Un día China estornudó y el mundo se resfrió. Nunca tan literal.

Una mañana, que no recordarás con exactitud porque no lo esperabas, un
virus vino a sacudir a la tierra. A cambiar el mundo. Sin visa, sin pasaporte.
Sin permiso.

La misma realidad contagió a todo el planeta. Por primera vez los idiomas se
conjugaron bajo el mismo presente: muchos problemas y pocas soluciones.
Las culturas adoptaron la misma costumbre. Los aviones ya no quisieron
acariciar el cielo, los colectivos comenzaron a ir vacíos de sueños y los trenes
llenos de miedos. Los estadios quedaron en penumbras. Las empresas vieron
sus acciones inactivas. Las bolsas de valores del mundo pesaron menos que
una pluma. El silencio retumbó en las calles. La risa quedó en pausa. Los
abrazos ahora son a distancia. El saludo es con la mirada. El beso es un arma
de autodestrucción. Las visitas son por video llamadas. Quedamos al
desnudo: somos pequeños, prepotentes y vulnerables.

Hoy el mundo reflexiona de manera profunda ante el caos ¿Cuál es el sentido
de la vida? ¿Por qué nos destruimos con tanta facilidad? ¿ Por qué o para qué
estamos?¿Éramos felices?¿Estuvimos aprovechando al máximo nuestro
tiempo? Nacemos, crecemos, morimos ¿Y en el medio qué? Ésta Pandemia
llegó para enfrentarnos con las diferencias, con lo imprevisible, lo absurdo, lo
desalentador y echar por tierra nuestros comportamientos. Cambió la vida.

Bienvenidos a la era de las mascarillas. La época que vino a enseñarnos que
las armas nucleares pueden ser menos que una gotita de saliva. Que el
hombre es autodestructivo y puede acabar con su mundo. Que una
enfermera vale más que un futbolista. Que un rico puede ser igual de
vulnerable que un pobre. Que la miseria no conoce de clases sociales. Que el
blanco necesita del moreno. Que el ateo debe creer en otro. Que los abuelos
olvidados son muertos vivos. Que la guerra sólo la ven los muertos y las
bombas podemos ser nosotros. Que los gobiernos sin el poder del pueblo no
tienen poder. Que debemos preservar el beso para quien tenga nuestro
corazón. Que en nuestras manos cabe un jabón y también miles de vidas.

Que sin agua nos morimos. Que cada lágrima nos enseña una verdad. Que
para los malos existen los buenos. Que el codo a codo es más que un dicho.
Que te podes convertir en héroe desde la comodidad de tu casa. Que nada
duele más que la pérdida de la vida humana. Que estamos acostumbrados a
curar y no a prevenir. Que siempre esperamos y después intentamos. Que
valoramos lo que ya no tenemos. Que sufrimos por no retener lo que
poseemos. Que cuando no sabemos lo que nos depara el futuro queremos
volver al pasado. Que la costumbre siempre mata al placer y la rutina a la
alegría. Que el aislamiento es un castigo para todos pero nadie piensa en los
animales. Que la libertad vale más que el oro. Que las normas nos parecen
anormales y las leyes una sugerencia. Que la inocencia de los niños no sólo
pueden contagiar alegría. Que por la falta de empatía puede morir mucha
gente a cada segundo, poco a poco y cada vez más. Que la solidaridad solo
aparece en momentos de urgencia. Que cada vez estamos más conectados
pero más separados. Que cada vez sabemos más pero entendemos menos.

Que es bueno soñar pero es primordial despertar. Que nos gusta desafiar a la
muerte cuando podemos elegir la vida. Que debemos cuidar para cuidarnos.
Que hay que hacer lo anormal para recuperar la normal. Que de vez en
cuando debemos pensar más en el otro que en uno mismo aunque no
estemos acostumbrados. Que en los sueños hay vida. Y que la vida se
termina.

Este caos expone nuestra soberbia y el sentido de inmortalidad. Vamos por la
vida como si fuéramos a vivir para siempre. Pero la verdad ¿Quién espera
morir? Si fuéramos conscientes de la muerte tal vez nos evitaríamos las
banalidades, el egoísmo, los lujos, los arrepentimientos. Tal vez
perdonaríamos más, reiríamos más, sabríamos que un día más es uno menos.

Si dimensionáramos la muerte valoraríamos menos el dinero y más la
naturaleza, el tiempo, la vida y las personas. Cuando uno muere todo se
disuelve.

Ojalá esta Pandemia nos enseñe a reprocharnos las culpas, el tiempo perdido
y el valor inmensurable de la vida. Que nos haga desearle el bien al vecino,
porque si a él le va mal a mi también. Que nos haga erradicar la
postergación, porque nos hace vivir una vida sin despertar y lo más triste no
es la muerte sino que la mayoría se va sin haber vivido de verdad. Ojalá este
virus reconstruya los valores que se han perdido. Que nos haga tocar fondo
para comenzar una revolución personal con alcance mundial. Ojalá dejemos
de existir para empezar a vivir. Ojalá tomemos noción de la importancia del
agua, de la libertad de los animales, que el aire debe purificarse y los árboles
dejar de ser talados. En fin, ojalá este enemigo nos haga más amigos….MÁS
HUMANOS!!!

Somos seres de reacción. Nos revelamos cuando estamos en peligro. Nos
volvemos conscientes en situaciones adversas. Y esta desgracia ha venido
para hacernos tomar dimensión de la muerte y del valor de la vida. Por eso
aprendiendo a morir es que aprendemos a vivir.

Por: Iván Alderete

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